
Hay días en los que te descubres haciendo algo que habías prometido no hacer. Otra vez.
Diciendo “sí” cuando por dentro gritabas “no”.
Comiéndote la tarta que habías escondido detrás del brócoli.
Respondiendo con ironía justo cuando querías pedir afecto.
Mandando ese mensaje que habías escrito… y borrado… y vuelto a escribir.
Y entonces te preguntas:
¿Pero por qué hago esto, si sé que no me hace bien?
Como si una parte de ti decidiera sin consultarte. Como si hubiese un “yo” que quiere cambiar… y otro que ya ha salido corriendo por su cuenta.
Esa es la pregunta que empuja muchas veces hacia la consulta de un psicólogo. No tanto el dolor, como el desconcierto de no entenderse. La sensación de ir en automático, de tropezar siempre en el mismo sitio, de no saber por qué algo se repite aunque lo tengas más que pensado.
La buena noticia: tiene sentido.
La no tan buena: no suele ser evidente al principio.
Pero con el marco adecuado, y con la curiosidad como compañera, puede entenderse. Y eso cambia todo.
Cuando en psicología hablamos de conducta, no nos referimos solo a lo visible o espectacular. Tampoco a lo que “te sale” sin pensar. Hablamos de lo que haces, en el sentido más preciso del término: acciones que se dan en un contexto, que están influidas por tu historia de aprendizaje y que tienen consecuencias.
Pero hay un matiz importante: no todo lo que pasa en ti es conducta.
Desde un análisis funcional, la conducta operante es lo que eliges o ejecutas (aunque sea sin plena conciencia): lo que dices, decides, evitas, interrumpes, inicias o sostienes. Es activa, modificable, y ocurre porque ha tenido consecuencias reforzantes en el pasado.
Por otro lado, están las respuestas respondientes: eso que ocurre en ti como parte del equipamiento básico del organismo. Sentir miedo, tensarte, que se te acelere el corazón, llorar... no es conducta en sí misma, sino una respuesta fisiológica o emocional ante ciertos estímulos, internos o externos.
Ejemplo: Sientes ansiedad antes de hablar en público (respuesta respondiente). Evitas presentarte voluntario en clase (conducta operante).
Y como evitarlo te da alivio inmediato → esa conducta queda reforzada → y se mantiene.
Podemos decir que la conducta es:
Referencia:
Skinner, B. F. (1953). Science and Human Behavior.
Luciano, C. (2017). “La conducta gobernada por reglas”. Revista de Psicología Clínica.
Hayes, S. C., et al. (2012). “The evolution of behavior analysis: Its past, present, and future”.
Porque si tratamos lo que sientes como si fuera una conducta (“no debería estar triste”, “tengo que dejar de tener ansiedad”), solo añadimos lucha. Pero si distinguimos lo que sientes de lo que haces con eso, podemos empezar a trabajar. A observar sin juicio. A elegir de nuevo.
“La emoción no se elige. La conducta, sí. Y esa es la puerta de salida.”
Hay días en los que nos sentimos dueños absolutos de nuestras decisiones. Y otros en los que nos preguntamos, con un poco de susto:
¿Y si no soy yo quien elige?
La realidad es que nuestra conducta no brota del vacío. No nace de la nada. Tiene raíces, condiciones, refuerzos y costes. Y muchas veces, aunque no lo parezca, es una solución. No perfecta, no consciente, pero sí funcional… al menos en su momento.
Desde que somos pequeños vamos probando comportamientos y recogiendo consecuencias. Si algo nos calma, nos protege o nos hace sentir mejor (aunque sea por un segundo), es probable que lo repitamos. Esas repeticiones crean caminos. Y a fuerza de recorrerlos, se convierten en hábitos, en estilos, en formas de estar en el mundo.
Ejemplo: Si aprendí que callar evita discusiones, es probable que de adulta me cueste expresar lo que necesito… incluso cuando ya nadie me va a gritar.
Referencia: Bandura, A. (1977). Social Learning Theory.
Las conductas se modelan por observación, consecuencias directas y regulación interna.
No nos comportamos igual en todas partes. Hay contextos que nos invitan a abrirnos, y otros que nos piden armadura. Y a veces lo que parece un “defecto personal” es solo una adaptación al entorno en el que vivimos o crecimos.
Ejemplo: No es que seas frío/a. Es que creciste en un ambiente donde mostrar afecto era sinónimo de debilidad. Tu distancia fue tu manera de protegerte.
Referencia: Bronfenbrenner, U. (1979). The Ecology of Human Development.
El comportamiento humano está condicionado por múltiples niveles de influencia contextual.
No porque esté “no resuelto”, sino porque lo aprendido sigue funcionando… aunque ya no nos sirva. La conducta se mantiene no por lógica, sino porque en algún momento tuvo sentido.
Ejemplo: Evitas hablar de tus emociones porque cada vez que lo hiciste, sentiste rechazo. Hoy nadie te va a rechazar… pero tu sistema sigue funcionando en modo defensa.
Esta es la pregunta clave en terapia: no el qué, ni el por qué. Sino el para qué.
¿Qué consigues (o evitas) haciendo lo que haces?
¿Qué desaparece? ¿Qué alivio obtienes?
Muchas veces no hacemos lo que nos viene bien. Hacemos lo que nos calma en el momento, aunque nos pase factura después. Y no porque seamos débiles o irracionales. Sino porque somos humanos.
Referencia: Hayes, S. C., & Hofmann, S. G. (2017). Process-Based CBT.
Las conductas se mantienen por sus funciones inmediatas, aunque sus consecuencias a largo plazo sean disfuncionales.
Cuando entiendes tu conducta no como un error, sino como una adaptación, se abre otra posibilidad: no cambiarte… sino empezar a elegir de otra forma.
Hay comportamientos que uno mismo reconoce como dañinos. Lo sabes. Lo has hablado mil veces. Lo has decidido incluso. “No vuelvo a responder así.” “No me voy a meter otra vez en lo mismo.” “Voy a dejar de sobrecargarme.”
Y, sin embargo… ahí estás.
Volviendo a decir que sí cuando querías decir que no.
Retirándote justo cuando algo empezaba a doler.
Repitiendo lo de siempre, como si no hubiera alternativa.
Porque no todo lo que hacemos lo hacemos por conveniencia.
A veces actuamos por necesidad.
Por evitar un miedo.
Por mantener una imagen.
Por aliviar un dolor inmediato, aunque ese alivio nos condene a medio plazo.
Cuando algo te alivia, aunque sea un segundo, tu cerebro aprende: esto funciona.
Así que lo vuelve a usar.
Y sin darte cuenta, empiezas a girar en círculos.
Ejemplo: Cuando algo te duele, lo escondes. Te sientes fuerte. No te expones. Nadie te rechaza. Alivio inmediato. Pero poco a poco, te sientes sola, desconectada, invisible. Así empieza el bucle.
Referencia: Luciano, M. C. (2016). “La evitación experiencial como proceso transdiagnóstico”. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica.
Cambiar no es solo hacer algo distinto. Es arriesgarse a perder una forma conocida de protegerse.
Y la mente, que lleva años ayudándote a sobrevivir, te dice:
“No te expongas, que ya sabes cómo acaba eso.”
“Más vale lo malo conocido.”
“No lo pienses, haz lo de siempre.”
Y lo haces. Porque en ese momento… duele menos.
El cambio conductual no ocurre cuando se razona más fuerte, sino cuando se entiende la función del patrón y se abre una nueva opción viable. (Hayes et al., 2012)
Sí puedes.
Pero no desde el castigo ni la exigencia.
Sino desde la comprensión. Desde ver lo que haces sin culpas ni excusas. Desde elegir lo que importa, incluso cuando da miedo.
Y eso, aunque parezca pequeño, es un acto radical de libertad.
sí, pero no con fuerza de voluntad
Cambiar la conducta no es cuestión de “ponerle ganas”. Si fuera así, bastaría con proponérselo.
Y sin embargo, lo que nos decimos —con voz propia o con la de nuestra cultura— es:
“Tienes que ser más fuerte.”
“Tienes que dejar de pensar así.”
“Tienes que controlar tus emociones.”
Como si se pudiera razonar un miedo. O apagar un patrón con un poco más de disciplina.
No se trata de luchar contra lo que haces, sino de entender para qué lo haces.
Porque cuando ves la función de tu conducta, puedes dejar de pelear contigo, con lo que no controlas y empezar a moverte con más conciencia.
Referencia: Hayes, S. C., et al. (2019). “The Psychological Flexibility Model”. Clinical Psychology Review.
El cambio conductual no depende de la supresión del malestar, sino de la capacidad para actuar en dirección a valores, aún con malestar presente.
El cambio aparece cuando dejamos de centrarnos en eliminar lo que sentimos y empezamos a construir formas nuevas de actuar, aunque la emoción siga ahí.
Ejemplo: Sigues teniendo miedo a hablar en público, pero te permites hacerlo porque es importante para ti. Eso ya es conducta nueva. Eso ya es cambio.
Con herramientas, sí. Pero sobre todo con presencia, análisis funcional y mucho respeto por tu historia.
“No se trata de dejar de tener patrones. Se trata de dejar de obedecerlos sin darte cuenta.”
Luis, 42 años. Venía diciendo: “No entiendo por qué me saboteo cada vez que algo me sale bien.” En terapia vio que, en su historia, cada logro había ido acompañado de rechazo o presión. Empezó a ver su “autosabotaje” no como un fallo, sino como una forma de protegerse, un pájaro de la mente fraguado en su historia, un titular pesado del cerebro.
Eso no hizo que desapareciera de inmediato. Pero sí le permitió elegir con más libertad. Y poco a poco, empezó a sostener el éxito sin traicionarse.
Hay momentos en los que una amiga no basta.
En los que leer más libros de autoayuda no sirve.
En los que lo que antes te valía… ahora te pasa factura.
Y no porque no seas capaz. Sino porque nadie puede verse del todo desde dentro.
Un psicólogo no te dice qué hacer. Ni te corrige.
Tampoco te ofrece soluciones universales ni recetarios de comportamiento.
Lo que hace es algo más humilde y más poderoso a la vez:
Y lo hace contigo. No por ti.
Ni delante ni detrás, sino al lado.
Referencia: Norcross, J. C., & Lambert, M. J. (2018). “Psychotherapy relationships that work”.
La relación terapéutica es uno de los factores más sólidos para el cambio clínico, por encima del tipo de intervención.
Porque no es lo mismo pensar sola en bucle que pensar acompañada desde un marco claro.
Porque un psicólogo sabe sostener el dolor sin taparlo. Y ayudarte a nombrar cosas que, una vez dichas, pierden parte de su poder sobre ti.
Porque cuando alguien te mira con comprensión justo en el momento en que tú no te comprendes, empieza el cambio real.
“No es que no supieras lo que te pasa. Es que necesitabas un lugar donde poder mirarlo sin defensa.”
Y en ese sentido, encontrar a un psicólogo en Salamanca —alguien que no solo esté cerca, sino que te acompañe de verdad en el proceso—, puede ser el comienzo de algo distinto.
Pero te abre la puerta a poder hacerlo.
Porque cuando entiendes que lo que haces no es un defecto, sino una estrategia de adaptación…
Cuando dejas de juzgarte por repetir y empiezas a mirar con curiosidad lo que te lleva ahí…
Cuando descubres que tu forma de actuar tiene sentido, aunque te duela…
…entonces ya no estás atrapado.
Estás en camino.
El cambio no empieza cuando fuerzas.
Empieza cuando experimentas qué se controla y qué no.
Y desde ahí, puedes empezar a elegir.
“No somos el resultado de nuestras decisiones. Somos el resultado de lo que fuimos capaces de elegir, con los recursos que teníamos.”
Y ahora quizás tienes más.
Si este texto te ha resonado, quizás sea buen momento para dejar de juzgarte y empezar a escucharte con otra mirada.
En consulta, en Salamanca, abrimos ese espacio contigo.
Sin prisa. Sin fórmulas. Sin exigencias.
Solo un lugar para explorar qué estás haciendo… y qué podrías empezar a hacer distinto.
Puedes escribirme si quieres. O seguir leyendo. Lo importante es que sepas que ando por aquí.
