Quiero sentirme bien

 

Viernes 18 de Octubre de 2019

 

 

Quiero sentirme bien

 

La felicidad es un mito

 

La felicidad no es un algoritmo que podamos descubrir ni experimentar. Por ejemplo: si sonrió 10 veces al día (+) si tengo todos los días 200€ para gastar (+) si recibo 3 halagos (+) si recibo 4 llamadas de amigos (+) si me llegan 10 likes en redes (-) sensaciones de cansancio (-) sensaciones de inquietud (-) menos sensaciones de inseguridad esto es = a felicidad 100% para ese día.

 

Seguro que todos hemos pensado que en cualquier momento de ese día podría haber acontecido algo que hiciera que esa ecuación no fuera segura y el sufrimiento se presentara como  inevitable.

 

¿Y si el dolor fuera útil?. Imaginad a una mujer embarazada que le pide a su ginecólogo un parto natural pero sin dolor. ¿Cómo sería para ella el día del parto cada vez que sintiera el mínimo dolor?. Imaginad que pusiéramos la mano en el fuego y no sintiéramos nada, o, que al caer de una bici y rompernos un brazo no sintiéramos un tremendo dolor; ¿tomaríamos medidas para restaurar el daño?, ¿qué pasaría si no lo hiciéramos?. Nuestra biología nos ha dado el dolor cómo una inteligente señal para protegernos del peligro, para favorecer la adaptación, la lucha y la evolución.

 

Las dificultades, las carencias y los peligros son los que nos han permitido construir el mundo que conocemos. Solo nos inspira, hacia el movimiento y la innovación, la inseguridad y la insatisfacción.

 

Si no sintiéramos ninguna emoción negativa no sabríamos tomar decisiones. No podríamos estar alertas ante lo que nos puede perjudicar, no apreciaríamos nuestros límites, no podríamos aprender. Aunque no nos guste, el dolor es útil.

 

La investigación nos dice que el cerebro no distingue el dolor psicológico del físico. Meter el dedo en el enchufe nos enseña a no volverlo a hacer de igual forma que la sensación de culpa, fracaso o rechazo nos enseña a mejorar nuestras acciones en el futuro.

 

En esta sociedad del bienestar hemos alcanzado grandes logros y comodidades, pero nada sale gratis. Cada vez estamos menos preparados para hacer frente a la frustración, a las dificultades, al esfuerzo y a las pérdidas. Esto nos hace frágiles e incapaces para resolver los problemas de la vida.  Siendo la vida un problema, siendo la realidad que nos rodea en sí misma problemática, ¿qué nos espera?

 

Si acaso fuera posible la felicidad sería lo equivalente a resolver problemas. El problema es que ponemos el foco en la emoción, en lo que se siente y no en la acción, en lo que se hace. Por tanto, si pudiéramos alcanzar lo que es la felicidad estaría en el propio proceso de estar resolviendo problemas. Si damos la vuelta al calcetín, el sufrimiento psicológico está de la mano de “evitar” o evadirte de los problemas y de lo que estos traen. Por tanto, la felicidad no sería no tener problemas, si no, por el contrario, sería estar dispuesto a hacerles frente.

 

No cabe duda que evadir problemas o evitarlos tiene su recompensa a corto plazo, el malestar desaparece y eso hace probable que repitamos una y otra vez diferentes formas de escape y evitación. Pero esta sensación de aliviarnos del malestar es efímera; la realidad se impone, los problemas persisten y no hay escapatoria.

 

En muchas ocasiones evitar el malestar puede ser adaptativo, el problema comienza cuando esa forma de actuar constituye nuestro patrón generalizado de afrontamiento.

 

¿Cómo es posible que después de tantos años de evolución en los que el hombre siempre ha estado en lucha con el medio y ha soportado tanto dolor y dificultad ahora no esté dispuesto a hacerlo?

 

¿Y si en esta cultura que nos envuelve las emociones estuvieran demasiado  sobrevaloradas?

 

¿Y si las emociones fueran solo señales de aviso y nada más?. ¿Y si estuvieran específicamente diseñadas para mostrarnos la dirección hacia lo que nos hace crecer y mejorar?. Las emociones forman parte del algoritmo de la vida pero no es todo el algoritmo. Podemos sentirnos bien haciendo algo que nos perjudica y podemos sentirnos mal haciendo algo que nos nutre. Si bebemos unas copas para hacer frente a la ansiedad, esta puede remitir y hacernos sentir bien. Si vamos a una entrevista de trabajo con una buena dosis de ansiedad, estaremos más cerca de mejorar nuestra vida, sin embargo ese mal rato está incluido en pasar por la entrevista. Por tanto, deberíamos practicar no dar demasiado crédito a las emociones o aprender a llevarlas de la mano.

 

Añoramos la idea de un estado de felicidad permanente en el que podamos sentir seguridad, auto confianza y realización indefinida. Pero no es posible, solo si nos trepanaran el cráneo y nos quemarán la amígdala desaparecería el malestar para siempre y con él, el resto de emociones. No estamos hechos para sentirnos bien de forma permanente.

 

Hace años cuando le preguntabas a un padre que quería para su hijo respondía “que sea un hombre de palabra y responsable”. En la actualidad cuando haces esa pregunta todo el mundo responde con rapidez: “quiero que sea feliz”. ¿Qué ha pasado por el camino?

 

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