Por qué postergamos la satisfacción

 

Domingo 29 de Septiembre de 2019

 

 

Por qué postergamos la satisfacción

 

APROVECHA MIENTRAS PUEDAS

 

La vida es sufrimiento. Eso está claro. No hay ninguna verdad más básica e irrefutable.¿Qué diantres se puede hacer en estas condiciones? ¿Cuál es la respuesta más simple, obvia y directa?

 

Busca el placer. Sigue tus impulsos. Vive el momento. Haz lo que te convenga. Miente, haz trampas, roba, engaña, manipula, pero que no te pillen. En un universo totalmente carente de significado, ¿qué más daría? Y no se trata en absoluto de una idea novedosa.

 

Desde hace mucho tiempo se recurre a la tragedia vital y al sufrimiento que ello comporta para justificar la búsqueda de la satisfacción más inmediata y egoísta. Razonando equivocadamente se decían: «Corta y triste es nuestra vida y el trance final del hombre es irremediable; no consta de nadie que haya regresado del abismo. »Nacimos casualmente y después seremos como si nunca hubiésemos existido.

 

Humo es el aliento que respiramos y el pensamiento, una chispa del corazón que late. »Cuando esta se apague, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire tenue. »Con el tiempo nuestro nombre caerá en el olvido y nadie se acordará de nuestras obras.

 

El placer de aquello que más conviene puede resultar efímero, pero es placer en cualquier caso; y eso ya es algo que puede servir para contrarrestar el terror y el dolor de la existencia. A cada uno lo suyo, y a robar lo que se pueda, como dice el viejo proverbio. ¿Y por qué no limitarse a quedarse con todo lo que se pueda conseguir cuando surja la oportunidad? ¿Por qué no decidirse a vivir así? ¿Acaso hay una alternativa más poderosa, más convincente?

 

Nuestros antepasados discurrieron respuestas muy elaboradas para este tipo de preguntas, pero aún no somos capaces de entenderlas a la perfección porque, en gran parte, están implícitas, es decir, se manifiestan sobre todo en ritos y mitos y, por tanto, no están completamente articuladas. Las representamos en diferentes historias, pero aún no somos lo suficientemente sabios para formularlas de forma explícita. Todavía somos chimpancés dentro de una manada, lobos en una jauría. Sabemos comportarnos, sabemos quién es cada quien y por qué.

 

Hemos aprendido todo eso a través de nuestra experiencia y lo que sabemos se ha construido mediante las interacciones con los demás. Hemos establecido rutinas previsibles y patrones de comportamiento, pero lo cierto es que no los comprendemos verdaderamente ni sabemos de dónde provienen. Han evolucionado a lo largo de periodos extremadamente dilatados.

 

Nadie los formuló de forma explícita (o al menos no en ningún pasado del que tengamos constancia, por remoto que sea), pero nos los hemos transmitido de unos a otros desde siempre. Sin embargo, un día, no hace tanto tiempo, nos despertamos. Ya estábamos haciendo cosas, pero empezamos a «darnos cuenta» de lo que estábamos haciendo. Empezamos a utilizar nuestros cuerpos como instrumentos para representar nuestras propias acciones.

 

Empezamos a imitar y a actuar. Inventamos los rituales y empezamos a representar nuestras propias experiencias. Y entonces empezamos a contar historias. Codificamos las observaciones de nuestro propio drama dentro de esas historias, de tal forma que la información que antes solo se hallaba implícita en nuestro comportamiento pasó a quedar representada en nuestras historias. Pero, tanto entonces como ahora, seguimos sin entender lo que significan.

 

 

POSTERGAR LA SATISFACCIÓN

 

Una vez descubierto el sacrificio, nuestros ancestros comenzaron a poner en práctica lo que, expresado en palabras, se consideraría una proposición: se puede conseguir algo mejor en el futuro renunciando a algo valioso en el presente.

 

No hay gran diferencia entre el sacrificio y el trabajo, que son, además, exclusivamente humanos. En ocasiones los animales se comportan como si estuviesen trabajando, pero en realidad no hacen otra cosa que seguir los dictados de su propia naturaleza. Si los castores construyen presas es porque son castores y los castores construyen presas, no piensan mientras tanto: «Pues la verdad es que preferiría estar en una playa de México con mi novia». En pocas palabras, un sacrificio de este tipo—trabajar—supone postergar la satisfacción, pero es una forma muy ramplona de describir algo que posee una trascendencia semejante.

 

El descubrimiento de que la satisfacción podía postergarse supuso al mismo tiempo descubrir el tiempo y la causalidad, o al menos la fuerza causal de la acción humana voluntaria. Hace mucho tiempo, en nuestro más recóndito pasado, empezamos a darnos cuenta de que la realidad estaba estructurada como algo con lo que se podía negociar.

 

Descubrimos que portarse bien ahora, en el presente—regulando nuestros impulsos, mostrando consideración por el sufrimiento de los demás—podía deparar futuras recompensas, en un tiempo y espacio que aún no existían. Comenzamos a inhibirnos, a controlar y organizar nuestros impulsos inmediatos para dejar de interferir con los demás y con lo que seríamos nosotros mismos en el futuro.

 

No se puede disociar este paso de la organización de la sociedad, es decir, del descubrimiento de la relación causal que existe entre nuestros esfuerzos presentes y la calidad del mañana como resultado de un contrato social. Esta organización permite que el trabajo de hoy se acumule con garantías, fundamentalmente en forma de las promesas que otros realizan.

 

A menudo se puede representar algo que se comprende antes de poder articularlo, de la misma forma que un niño consigue representar lo que significa ser «madre» o «padre» antes de estar en condiciones de proporcionar una descripción oral de lo que suponen estos papeles.

 

Hay una gran distancia conceptual entre atiborrarse vorazmente y aprender a reservar algo de carne que, ahumada al fuego, será consumida más tarde o podrá disfrutar alguien que ahora está ausente.

 

Hace falta mucho tiempo para aprender a dejarse algo para más tarde o a compartirlo con otra persona, lo que en última instancia viene a representar lo mismo, ya que el primer caso supone compartir algo con tu yo futuro. Es mucho más fácil, mucho más probable, devorar de forma inmediata todo lo que está a nuestro alcance.

 

Estas distancias se aprecian en similares proporciones en cualquier refinamiento relacionado con la postergación y su conceptualización: compartir a corto plazo, reservar para el futuro, la representación de lo que se ha almacenado en forma de algún tipo de registro y, más adelante, como moneda para terminar ahorrando dinero en un banco o en otro tipo de institución similar.

 

Algunas conceptualizaciones tenían que jugar el papel de pasos intermedios, pues, de otro modo, todo el abanico de prácticas e ideas relacionadas con el sacrificio, el trabajo y su representación nunca habría aparecido. Nuestros ancestros representaban un drama, una ficción: personificaban la fuerza que controla el destino como un espíritu con el que se podía negociar, con el que se podía regatear como si se tratara de otro ser humano. Y lo increíble es que algo así funcionaba.

 

Esto se debe en parte a que el futuro se compone fundamentalmente de otros seres humanos, a menudo justo aquellos que han contemplado, evaluado y apreciado cada uno de los detalles de tu comportamiento pasado.

 

Una idea simbólica muy productiva es que el futuro viene a ser como un padre que no hace más que juzgarte. Resulta un buen punto de partida. Pero el descubrimiento del sacrificio y del trabajo hizo surgir otras dos preguntas más de carácter paradigmático y fundacional. Ambas están relacionadas con la misma noción de la lógica del trabajo, que se resume en sacrificar ahora para ganar más tarde. Primera pregunta: ¿qué hay que sacrificar?

 

Los pequeños sacrificios pueden bastar para resolver pequeños problemas concretos, pero es posible que se requieran sacrificios mayores y más amplios para afrontar toda una serie de problemas complejos y además de forma simultánea. Algo así resulta más difícil, pero quizá sea mejor.

 

Asumir la necesaria disciplina que supone estudiar medicina entrará sin duda en conflicto con el disoluto estilo de vida de un universitario juerguista. Renunciar a ello supone un sacrificio. Así que los sacrificios son necesarios para mejorar el futuro, y si son grandes, entonces valen más. Segunda pregunta; en realidad, la segunda dentro de una serie de cuestiones enlazadas. Nos hemos puesto de acuerdo en el principio básico de que el sacrificio mejora el futuro.

 

Pero un principio, una vez establecido, tiene que desarrollarse, hay que entender toda su extensión, todas sus implicaciones. Así pues, ¿qué supone en sus casos más extremos y radicales la idea de que el sacrificio mejorará el futuro? ¿Dónde encuentra sus límites ese principio básico? Para empezar hay que preguntarse: «¿Cuál sería el mayor de todos los sacrificios posibles, el más eficaz, el más gratificante?», y acto seguido: «¿ Cómo de bueno puede llegar a ser el mejor futuro posible si se pudiera ejecutar el sacrificio más eficiente posible?».

 

Es más, en ocasiones da la impresión de que los sacrificios que en apariencia poseen el mayor valor no son correspondidos con un futuro mejor, y no queda claro por qué es así. ¿Por qué no está contento Dios? ¿Qué tendría que cambiar para que sí lo estuviera? Son preguntas difíciles, pero todo el mundo se las hace constantemente, incluso cuando no se da cuenta. Hacerse este tipo de preguntas viene a ser lo mismo que pensar.

 

Nos costó mucho entender que frustrando un placer particular se podía obtener un provecho, ya que algo así se opone frontalmente a nuestros instintos animales más fundamentales, que exigen una satisfacción inmediata, sobre todo en los inevitables periodos de carestía. Para complicar todo aún más, este tipo de aplazamiento solo resulta útil cuando la civilización se ha estabilizado lo suficiente como para garantizar la existencia de una recompensa postergada en el futuro.

 

Si todo lo que ahorras te lo acaban destrozando o, peor aún, robando, ¿qué sentido tiene ahorrar nada? Es justamente por eso que un lobo puede devorar hasta veinte kilos de carne cruda de una sola sentada. No piensa: «Los atracones me sientan muy mal, mejor dejo un poco de esto para la próxima semana». Por tanto, ¿cómo se pudieron producir dos logros que a la vez son de imposible y necesaria simultaneidad, a saber, la capacidad de postergar algo y la progresiva estabilización de la sociedad?

 

Nos encontramos ante un progreso evolutivo, del animal al humano. Si bien este resumen puede resultar inexacto en lo particular, servirá para ilustrar lo que nos interesa ahora. El primer paso es la existencia de un exceso de comida, quizá en forma de un gran cadáver, de un mamut o de algún tipo de gran herbívoro. No hay que olvidar que comimos muchos mamuts, quizá todos los que existían. En cualquier caso, cuando se caza un gran animal, queda bastante comida para más tarde. Se trata, en un primer momento, de una situación accidental, pero con el paso del tiempo se empieza a apreciar el valor que posee dejar cosas para después.

 

Se desarrolla entonces una cierta noción provisional del sacrificio: «Si dejo algo, aunque quiera comérmelo todo ahora, más adelante no tendré hambre». Esta idea primitiva se desarrolla a un nivel más elevado: «Si dejo algo para después, ni yo ni las personas a las que quiero pasaremos hambre». Y luego pasa al nivel superior: «No puedo comerme todo el mamut, pero tampoco puedo almacenar el resto durante mucho tiempo.

 

Podría dar de comer a otras personas que quizá lo recuerden y me den cuando ellos tengan y yo no. Así, tendré comida ahora y también más adelante, lo que es un buen trato. Y quizá la gente con la que comparta la comida termine confiando en mí de forma más general y así podremos intercambiar cosas siempre». De esta forma se da el paso de «carne de mamut» a «futura carne de mamut», y después esa «futura carne de mamut» se transforma en «reputación personal».

 

Es así como surge el contrato social. Compartir no significa renunciar a algo que aprecias a cambio de nada. Eso es justamente lo que temen los niños que se niegan a compartir. Sin embargo, el verdadero significado de compartir es empezar el proceso de intercambio. Un niño incapaz de compartir—incapaz de intercambiar—no puede tener ningún amigo porque tenerlos no deja de ser una forma de intercambio.

 

Es mejor tener algo que no tener nada, y es todavía mejor compartir de forma generosa aquello que tienes. Sin embargo, aún es mejor que se te conozca precisamente porque compartes con generosidad. Eso es algo duradero, algo en lo que se puede confiar. Y llegados a este punto de abstracción, podemos observar cómo se crean las ideas de confianza, honestidad y generosidad. Así, ya se han establecido las bases de un sistema moral articulado.

 

La persona productiva y honrada que comparte se convierte por ello en el prototipo del buen ciudadano, de la buena persona. De esta forma podemos comprender cómo, a partir de la simple noción de que guardar las sobras es una buena idea, acaban surgiendo los principios morales más elevados. Se podría decir que a la humanidad le ocurrió algo así. Primeramente se sucedieron decenas o centenares de miles de años antes de que surgiera la literatura escrita y el teatro. Durante ese tiempo, empezaron a aparecer las dos prácticas gemelas del aplazamiento y el intercambio de forma lenta y dolorosa.

 

Entonces empezaron a representarse como abstracciones metafóricas en rituales y leyendas de sacrificio, enunciadas de una forma que podría ser esta: «Es como si existiera una poderosa figura en el cielo que todo lo ve y que te está juzgando. Renunciando a algo que te gusta, consigues contentarlo; y es mejor que esté contento, porque cuando no es el caso pueden ocurrir las peores catástrofes. Por tanto, no dejes de sacrificar y de compartir hasta que te conviertas en todo un experto y entonces las cosas te irán bien».

 

Nadie dijo nunca nada por el estilo, o al menos no de una forma tan clara y directa, pero se trataba de algo implícito en la práctica y luego en las historias. En primer lugar se produjo la acción, de manera inevitable, ya que los animales que éramos antiguamente podían actuar pero no pensar. En primer lugar existían valores implícitos y no reconocidos, puesto que las acciones previas a los pensamientos incorporaban la idea de valor pero no la explicitaban.

 

La gente fue viendo durante miles y miles de años cómo había personas que triunfaban y otras que fracasaban. Lo meditamos y llegamos a una conclusión: aquellos entre nosotros que triunfan son los que postergan la satisfacción. Aquellos entre nosotros que triunfan son los que negocian con el futuro. Surgió así una idea genial, que adopta progresivamente una forma cada vez más articulada, en historias que cada vez se van articulando más.

 

¿Qué diferencia a los que triunfan de los que fracasan? El sacrificio oportuno. A los que triunfan, las cosas les van mejor a medida que hacen sacrificios. Entonces las preguntas se van precisando cada vez más y, al mismo tiempo, resultan más generales: ¿cuál es el mayor sacrificio posible?, ¿cuál es el mayor sacrificio posible para el mayor bien posible? Y las respuestas son, cada vez, más profundas y más complejas.

 

Empezaré mi análisis con una auténtica perogrullada, pero no por obvia menos desatendida: a veces las cosas no van bien. Algo así parece estar muy relacionado con la naturaleza terrible del mundo, con sus plagas, sus hambrunas, sus tiranías y sus traiciones. Pero aquí viene la pega: en ocasiones, cuando las cosas no van bien, el mundo no es la causa. La causa es, por el contrario, aquello a lo que se le da mayor importancia en ese momento, subjetiva y personalmente.

 

Si el mundo que ves no es el que quieres, entonces ha llegado la hora de revisar tus valores. Es hora de desembarazarte de tus supuestos actuales, es hora de soltar lastre. Puede que incluso sea hora de sacrificar aquello que más quieres para poder así convertirte en quien quieres convertirte en vez de seguir siendo quien eres.

 

Hay una antigua historia, posiblemente apócrifa, acerca de cómo atrapar a un mono, que ilustra muy bien este tipo de ideas. En primer lugar, tienes que encontrar una gran vasija de cuello estrecho, cuya boca tenga exactamente el diámetro mínimo para que el mono pueda introducir la mano.

 

Luego, llena la vasija con piedras de tal forma que pese tanto que el mono no se la pueda llevar. Después, esparce algún tipo de cebo que pueda atraer a los monos alrededor de la vasija y pon también algo en el interior. Así pues, un mono acabará apareciendo, meterá la mano por la estrecha obertura y agarrará lo que pueda agarrar. Pero ya no podrá sacar el puño, lleno de golosinas, a través de la estrecha boca de la vasija, a menos que suelte lo que lleva. No podrá mientras no renuncie a lo que ya tiene. Y es justamente eso lo que no va a hacer. El cazador de monos puede acercarse por detrás con total tranquilidad y atrapar al mono. El animal no sacrificará una parte para conservar el todo. Renunciar a algo de valor nos asegura una futura prosperidad.

 

JORDAN PETERSON 12 reglas para vivir: un antídoto para el caos.

 

 

Instituto del Comportamiento

Psicólogos en Salamanca

 

 

 

Volver a la portada

Prestador de servicios

  • Psicólogos en Salamanca

    Verónica Mayado, Psicólogo Especialista en Psicología Clínica, CL-1215, NIF:11941219 X

    N° de Registro Sanitario: 37-C22-0384

 

Usamos cookies propias y de terceros para mejorar la navegación. Si continuas navegando consideramos que aceptas su uso. OK Más info