Píldoras sobre la felicidad 1

 

Sábado 28 de Septiembre de 2019

 

 

Píldoras sobre la felicidad 1

 

La felicidad parece ser el motivo central de la vida en nuestra época. Todo el mundo quiere ser feliz. Como se dice a menudo, «la felicidad es lo que cuenta», «lo importante es que los niños sean felices», «con tal de ser feliz, como sea». La conocida pirámide de las necesidades de Maslow se ha invertido. Si antes la autorrealización y la vida plena estaban en la cúspide, una vez cubiertas las necesidades básicas junto con relaciones sociales satisfactorias y logros personales, ahora la felicidad está en el vértice de la pirámide invertida sobre el que parece pivotar todo lo demás: la salud, las mejores relaciones con los otros y el éxito en la vida. Un nuevo superego, distinto del original de Freud, parece instalarse en cada uno.

La felicidad parece ser el motivo central de la vida en nuestra época. Todo el mundo quiere ser feliz. Como se dice a menudo, «la felicidad es lo que cuenta», «lo importante es que los niños sean felices», «con tal de ser feliz, como sea». La conocida pirámide de las necesidades de Maslow se ha invertido. Si antes la autorrealización y la vida plena estaban en la cúspide, una vez cubiertas las necesidades básicas junto con relaciones sociales satisfactorias y logros personales, ahora la felicidad está en el vértice de la pirámide invertida sobre el que parece pivotar todo lo demás: la salud, las mejores relaciones con los otros y el éxito en la vida. Un nuevo superego, distinto del original de Freud, parece instalarse en cada uno.

 

Si en tiempos de Freud el superego marcaba los deberes y las restricciones, en tiempos de la felicidad parece decir que debes-ser-feliz. Hasta la riqueza de las naciones parece que se debiera medir por algún índice de felicidad, algo así como la felicidad interior bruta, mejor que por el producto interior bruto. Se ha dado un giro-de-la-felicidad o hacia-la-felicidad. ¿Cuál es el problema? Por nuestra parte, no estamos en contra de la felicidad. De hecho, estamos a favor de la felicidad. Pero también estamos a favor de ver la realidad de la vida. Parafraseando lo que dijera Aristóteles de su amor por Platón, diríamos que amamos la felicidad, pero más amamos la verdad, como psicólogos que intentamos comprender un fenómeno que de forma tan decisiva marca nuestra época. La mayoría de la gente, del orden de 8 de cada 10 personas, dice ser feliz o muy feliz. Sin embargo, las cifras no cuadran con otras.

 

Para empezar, bastaría reconocer la cantidad de gente que busca la felicidad, a juzgar por la boyante literatura de autoayuda, amén de cursos y cursillos para ser feliz. También podría ser que muchos que dicen ser felices lo sean gracias precisamente a la literatura de autoayuda, pero quizá los mayores beneficiados de esta literatura no sean otros que sus autores y oradores de turno.

 

El porcentaje de gente feliz tampoco cuadra muy bien con los porcentajes de gente con problemas psicológicos difícilmente compaginables con la felicidad, como depresión, ansiedad, trastorno bipolar, fobia social, estrés postraumático o psicosis, cuyos porcentajes estimados sobrepasan el exiguo porcentaje de los que no se declaran felices, aun descontando los bipolares en fase maníaca, exuberantes de felicidad a su manera. También habría que descontar los «felices defensivos», para quienes la felicidad que dicen tener quizá funciona como un «estilo defensivo», represor, de una variedad de problemas. Mucha gente que se declara feliz, cuando se investiga más despacio refiere igualmente una variedad de preocupaciones y problemas de salud. No por casualidad, seguramente, el tiempo de la felicidad es Mundial: «Pensamos más en la felicidad cuando somos infelices que cuando estamos felices» . Todo ello sin contar la cantidad de personas que padecen enfermedades, están hospitalizadas o atraviesan circunstancias adversas (crisis, separaciones, paro, desahucios, maltrato), seguramente no muchas de ellas felices. Sin ir tan lejos, nunca faltan las desdichas ordinarias, por más que todo vaya razonablemente bien.

 

Por no hablar de sentimientos corrosivos de la felicidad, como la envidia y la insatisfacción, sin los cuales difícilmente funcionaría una sociedad igualitaria y consumista como la nuestra. Si uno estuviera satisfecho con cómo es, con lo que tiene, y no deseara otras cosas que tienen los demás, la maquinaria social se estancaría. La envidia, de la que ni siquiera se habla, es un sentimiento básico del consumismo, a menudo explotada por los anuncios. La insatisfacción de los consumidores es el motor de la sociedad de consumo. No en vano se habla del estancamiento del consumo como factor de una crisis económica y del consumo como motor de mejoría.

 

Extracto del libro:

La vida real en tiempos de la felicidad de Marino Pérez Álvarez

 

 

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